He visto que un grupo de artistas ha aprendido el lenguaje de signos para apoyar la candidatura de Zapatero al Congreso de los Diputados. He descubierto que cinco mil intelectuales (¡cuántos hay!) han firmado un manifiesto para apoyar también al PSOE en las próximas Elecciones Generales. He leído que otros grupos del arte y la cultura hacen promoción de Mariano Rajoy y del PP. Y he llegado a la conclusión de que a todos les gusta el juego. No se contentan con la lotería nacional, la primitiva, la bonoloto, el euro millón o la quiniela, también se lanzan a la arena política y animan a los ciudadanos de a pie a que voten a sus promocionados. En todos los casos se persigue un único fin: chupar del frasco. Y si se confunden, a esperar otros cuatro años.
A muchos no les basta con vivir, quieren que los demás sepan como es su vida. No es necesario que el día a día sea alocado, intenso, sin descanso, atractivo, interesante… Un hecho, aparentemente simple, puede ser el punto de partida para una historia impresionante, para un guión de película. Lo que si es necesario es contarlo. Explicarle, relatarle, describirle, al resto del mundo, lo que te ocurre, lo que está sucediendo.
¿Te acuerdas de los diarios, aquellas libretas en las que muchos contaban su discurrir cotidiano? Ahora podrás sustituir el papel y la pluma por el monitor y el teclado. Descúbrele a los demás tus secretos, tus inquietudes, tus deseos, tu particular visión de la realidad. Haz que tus amigos sepan como eres, como piensas, como sientes… a través de lo que cuentas.
Ahora tienes tu oportunidad. Te la ofrecen en Story of My Life. ¡Aprovéchela! Sólo tienes que registrarte, es gratuito, escribir tu historia y dársela a conocer a tus amigos y familiares. Así de fácil.
Fuente | web2null
Enlace | Story of My Life
Cuando me dispongo a ver, los sábados a las diez de la noche, el partido de fútbol de La Sexta, me viene a la mente una alienante escena de una película que vi cuando era un chaval. No recuerdo el título pero sé que el argumento se asentaba sobre la guerra fría, aquel período, después de la segunda guerra mundial, en la que los espías intentaban recabar información importante para sus respectivos países. La escena se desarrollaba en una sombría habitación de una cárcel de Berlín oriental. Un espía, sentado en una silla y con todo su cuerpo atado, sin posibilidad de movimiento, recibía sobre la parte superior de su cabeza una monótona, constante, gota de agua, que caía desde una apreciable altura, y un magnetofón repetía consignas. Estaba sometido a una tortura abominable, que perseguía el inhumano objetivo de hacerle un lavado (nunca mejor dicho) de cerebro. No recuerdo si los torturadores consiguieron lo que pretendían pero de lo que si estoy seguro es de que Andrés Montes consigue, cada fin de semana, llenar la cabeza de los espectadores con sus tópicos, con sus frases prefabricadas que no tienen nada que ver con el fútbol. La gente repite al unísono, desde el domingo hasta el sábado siguiente, en el autobús, en el bar, en la calle, en el trabajo, fútbol con fatatas y el resto de lindezas. Y nadie sabe lo que ocurrió en realidad en el partido, no recuerda los equipos, ni los jugadores, ni jugada alguna, ni el resultado. ¡Espeluznante!
Se confunde constantemente, no acierta con los nombres de los jugadores, y no rectifica. Repite una y mil veces las mismas frases machaconamente, como la gota de agua horadando el cráneo. Nos quieres someter. Tal vez influenciado por Un mundo feliz de Aldous Huxley pretende convertirnos en autómatas, como esos muñequitos que repiten una y mil veces la misma frase, como feriantes predicadores, pero para ello tendría que provocarnos una mutación genética que cambiase nuestras aptitudes, nuestras ambiciones, nuestra forma de vivir. No hace ningún comentario técnico. No sabe de que va el juego y eso que tiene dos ayudantes que, de vez en cuando, lo sacan de algún que otro apuro. ¡De vergüenza!
Las televisiones autonómicas vuelven a retransmitir el partido de los sábados, seguramente ya este fin de semana. Lo estábamos añorando. No tendremos que someternos a la tortura a la que nos someten en La Sexta. ¡Uff!


