Ojeando la prensa escrita del día dos noticias han llamado mi atención. La primera se refiere al dictamen que un grupo de expertos, reunidos en Valencia, ha elaborado sobre la violencia en las aulas. La segunda es el resultado del estudio estadístico que muestra que 500 personas en el mundo ganan lo mismo que 416 millones de pobres.
Han sido varias las noticias que estos últimos días han salpicado las páginas de los medios de comunicación, referentes a los últimos acontecimientos surgidos en centros educativos repartidos por el territorio nacional. Todos ellos relacionados con la violencia en las aulas. La crisis de la autoridad en la familia y la delegación en el profesor de la disciplina provoca la violencia. Los padres no cumplen con su obligación; renuncian a imponer la disciplina hacia sus hijos. Los profesores se sienten abandonados y desasistidos socialmente y no saben a quién recurrir. Como ha dicho el filósofo Fernando Savater, “los niños no encuentran en su casa la figura de la autoridad, un elemento fundamental para su crecimiento”. “Las familias no son lo que eran antes y hoy lo único adulto que ven los niños es la televisión, que siempre está en casa”, termina diciendo. Los padres sustituyen el complicado proceso de la educación y de la asunción de la autoridad por la libertad sin límites. Los profesores se ven incapaces de implantar la disciplina. Y cuando la intentan imponer son los propios padres los que los desautorizan.
Que el mundo está muy mal repartido lo sabemos de siempre. Que es una utopía soñar con que todos tengamos lo mismo, también. Lo más alarmante son las cifras: 500 ricos tienen lo mismo que 416 millones de pobres. Y las diferencias entre ricos y pobres continúan en progreso: los ricos son más ricos y los pobres son más pobres. En el año 1820, cuando la Revolución Industrial empezaba su andadura, la proporción de ingresos de los diez países más ricos respecto a los diez más pobres estaba en tres a uno. Según los datos del año 2000, la proporción ha pasado de cuarenta y siete a uno. En los propios países, entre los ciudadanos que los habitan, también aumentan las desigualdades. ¿Hacia dónde caminamos?
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