No hay vuelta atrás. Es un largo viaje, toda una vida, hacia adelante. Sólo la memoria permite recuperar trazos del camino recorrido. No se puede deshacer el pasado. Por eso es muy importante planificar el viaje. El viajante debe aprender en cada etapa lo necesario para afrontar la etapa siguiente. No debe ir a ciegas, estrellándose contra todos los obstáculos que encuentra a su paso.
Se llama educación. Como ser social, el hombre tiene que conocer las normas que sirven de base a la convivencia y respetarlas. Los valores sustentan el presente y el futuro de la persona; su ausencia, marca el camino hacia el abismo.
La decadencia de una sociedad se muestra en la ausencia de valores. La falta de respeto, la violencia a flor de piel, el desinterés cultural, la pérdida de la consciencia por el cotidiano sometimiento a sustancias que alteran la mente y destruyen el cuerpo, son alimento de muchos de nuestros adolescentes y jóvenes, y cada vez más de niños que todavía están abriendo los ojos.
¿Quiénes son los culpables? Todos estamos implicados, en mayor o menor grado, en este alarmante proceso de degradación. Los padres porque no educan a sus hijos y les dejan, desde que abandonan los pañales (y en ocasiones antes), hacer lo que ellos quieren, sin enseñarles el itinerario y sin obligarles a seguir una ruta. Los profesores porque se dejan avasallar, porque no son capaces de enfrentarse a la realidad que los aplasta, porque no saben como llevar a cabo su labor. Las autoridades porque no arbitran los medios necesarios para impedir el deterioro, para vencer la crispación, para enderezar el camino.
¡Camino sin retorno!
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