Es una expresión típica de los gallegos. La pronunciamos cuando algo nos causa extrañeza, porque no somos capaces de entender su significado o porque los hechos sobre los que se asienta están próximos al esperpento o se salen de los límites de lo que entra dentro de la normalidad.
Son muchas las situaciones en las que se nos invita a emitir la frase. Si estamos atentos a las noticias publicadas en los distintos medios, a algunos programas de debate en televisión, a los comentarios en el bar o en la acera, a todo lo que se mueve a nuestro alrededor, y pronunciásemos las dos palabras mágicas cada vez que el asombro nos invade, agotaríamos toda nuestra energía verbal.
Algunas de las situaciones que, en estos momentos, invitan a pronunciar los dos vocablos, podrían ser:
- Los desorbitados gritos con que algunas (más que algunos) periodistas, habituales en los didácticos programas de debate que salpican la parrilla televisiva, nos obsequian a los sufridos telespectadores eventuales (los asiduos se los tragan sin rechistar). Y nosotros, ¡ilusos!, tratando de explicarles a los niños que no se debe gritar, que hay que hablar en tono normal, que es la única forma de llegar al entendimiento…
- Los acosos que sufren muchos estudiantes por parte de sus compañeros. La violencia ha llegado a las aulas y se ha quedado a vivir en ellas como un inquilino más. Impera la alta tensión.
- La inminente subida de los intereses de las hipotecas. Las depauperadas economías domésticas de muchos ciudadanos españoles tendrán que pasar por la UCI.
- Las propuestas y discusiones banales de muchos políticos. Centran sus intereses en cuestiones que lo único que hacen es distraer al ciudadano, sin preocuparse por atacar los grandes temas. El insulto sustituye a la cordura, la crispación a la tolerancia… Y nosotros de espectadores pasivos.
Ya sé que faltan muchas situaciones. Invito a nuestros lectores a que propongan las suyas.
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