Los niños de antes jugábamos a las bolas, a la peonza, al clavo, o a la “billarda”. Las niñas a la cuerda, a las “chinas”, a las muñecas, o a las cocinitas. Hoy todos, niños y niñas, juegan a las consolas. La PlayStation se lleva la palma.
Cuando yo era niño, mis nudillos estaban heridos de rozarse con la tierra, cuando disparábamos la bola, y las piernas de nuestras amigas se enrojecían con el continuo contacto con la goma, y no pasaba nada. Seguíamos jugando, no porque fuéramos masoquistas sino porque éramos niños y nos apasionaba jugar. Pero hoy hay niñas, como Safura Abdool Karim, que publican estudios relacionados con el excesivo uso del dedo pulgar para manejar la consola. Descubren que el dedo se pone rojo, que pierde sensibilidad, que lo invade un pertinaz hormigueo y que se adorna con una enorme ampolla. Y los estudiosos le dan la categoría de síndrome: “pulgar de la PlayStation”.
No critico el trabajo de Safura. Ha entrevistado a un importante número de adolescentes. Ha descubierto que la mayoría juegan a la PlayStation y que son muchos los que padecen el “síndrome del dedo chungo”. Lo que critico es que se le de hoy tanta importancia a chuminadas como esta y que cuando mis coetáneos y yo éramos infantes o tibios adolescentes no existiesen síndromes. O si existían, que creo que si, no fuesen analizados ni publicados los resultados del estudio. Para nosotros esos posibles síndromes eran gajes del oficio.
Recomiendo a los niños y adolescentes actuales que redescubran aquellos juegos de antaño y se olviden del pulgar. Verán cuan grande es la experiencia.
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